
Hace mucho tiempo, cuando tan solo tenía 14 años, mi madre me regaló mi primera baraja del tarot.
Recuerdo que me la entregó dentro de una cajita y, cuando la abrí, sentí una emoción peculiarmente extraña. Según las iba visionando era como si cada una de las cartas pasara a formar parte, de alguna manera, de mi alma.
Esta sensación la sigo viviendo cada vez que tengo entre mis manos un ¨mazo¨ de cartas. Es como si momentáneamente me trasladara a otro mundo, aunque me encuentre rodeada de personas.
En realidad, en más de una ocasión me han dicho que cuando comienzo la lectura perciben como si estuviera conectada a algo intangible.
Cierto es que después de esa primera reacción comenzaron a surgir preguntas como… y ahora ¿qué hago? ¿cómo aprendo a interpretarlas?. Leí, releí libros y más libros sobre la interpretación del tarot y, en muchas ocasiones, me frustraba porque los significados de una misma carta podían llegar a ser opuestos. Esto me tuvo desconcertada durante un tiempo.
Un día se lo comenté a mi madre y me dijo que utilizara las cartas como un medio para llegar a sentir sus vibraciones, que evitara interpretar de manera estricta el significado de cada una de ellas.
Y así fue como se descubrió mi hasta entonces oculto don, dejando fluir mis sensaciones e intuiciones y utilizando las cartas solo como medio dirigido a un fin.
En definitiva, ayudar a las personas no solo a través de la realización de una lectura revelando acontecimientos futuros, si no haciendo sentir que también puedo ser su guía espiritual y amiga.
Para mí es imprescindible el trato directo, la confianza, la cercanía y siempre sin intermediarios. Un tú a tú para facilitar a las personas que me consultan una experiencia gratificante y aclaratoria y todo ello gracias a la sabiduría heredada de mis ancestros y también de la experiencia adquirida con el paso de los años.