Diablo burlón. Este curioso acontecimiento le ocurrió a mi abuelo un día como otro cualquiera mientras regresaba a casa después de trabajar.
Justo había acabado de trabajar después de un largo día en el campo, cuando la oscuridad de la noche ya se empezaba a adentrar en el firmamento.
En aquel momento solo estábamos la naturaleza y yo, cuando pude observar a cierta lejanía que encima de un muro se hallaba un cordero. Era realmente pequeño y parecía tan indefenso que incluso llegué a considerar la idea de que había sido despiadadamente abandonado.
Por su hermosura, delicadeza y debilidad me fue inconcebible dejarlo solo allí, por lo que subí a aquella pobre criatura a mis hombros para llevarla conmigo a casa y poder darle un cobijo digno y algo de calor.
Cuando había recorrido tan solo unos metros sentí que el peso de aquel animal incrementaba a gran velocidad. Siempre he sido un hombre realmente fuerte y yo mismo me vi sorprendido cuando me paré a reflexionar en cuánto esfuerzo me estaba costando sostener a aquel corderillo.
Intenté continuar de todos modos con la travesía pero llegó un punto en que la carga resultó producir en mi cuerpo una sensación tan insoportable que ciertamente me vi obligado a posarlo encima de otro muro próximo.
En cuanto lo bajé de mis hombros y senté cuidadosamente, el animal desprendió un chillido con un timbre de voz realmente parecido al de un humano, y, dando un extraño salto, pasó a esfumarse para siempre en aquellas vastas praderas verdes.