Más allá de la amistad. Ésta es parte de la historia de la vida de Jacinto, primo de la abuela de mi padre, quien, recientemente, había perdido a un valioso amigo. «Lo que él y yo hemos hablado, nunca lo diré» siempre afirmó.
Era de noche. Estaba recorriendo aquellos senderos sigilosos que surcaban el campo donde lo único audible era el sonido de los grillos y las cigarras y donde la única luminosidad provenía del interior de las luciérnagas y de la cara visible de la luna llena.
Mi único foco de atención se había convertido en regresar a casa por aquella pedregosa senda, sin fijar mi atención en distracciones que pudieran desviarme de mi camino.
Entonces sucedió algo completamente imprevisible: a mi costado pude vislumbrar a alguien a quien reconocí de inmediato y con gran claridad. Se trataba de un vecino y gran amigo que desafortunadamente había fallecido hacía un tiempo. Mis ojos no pudieron creer lo que estaba contemplando y por un instante llegué a dudar de mis propias cualidades psíquicas.
Sin embargo, por explicación alguna que intentaba adjudicarle, no encontré alguna, por lo que tan solo me limité a hablar con él. Efectivamente anduvimos gran parte del trayecto de vuelta a casa mientras conversábamos hasta que llegados a un punto determinado, concretamente un cruce de caminos, el espíritu de mi amigo se desvaneció repentinamente, en cuestión de un parpadeo, me había abandonado.
Puedo asegurar nunca haberle visto desde entonces, ni tan siquiera por aquel camino ni por los numerosos lugares a los que solíamos ir juntos en vida. Verdaderamente me alegré infinitamente de haber sido dotado con el preciado regalo de haberle vuelto a ver y hablar con él, después de pensar que nunca más volvería a tener esa oportunidad.