Caballo mágico. Cuando mi abuela era joven toda la mocedad de la parroquia se juntaba para regresar a casa después de haber ido a alguna fiesta.
Andaban por caminos de tierra y su única luz era la de la luna o la de algún candil de carburo que llevaba alguno de los chicos para iluminar el sendero.
Aquella noche brillaba la luna y los muchachos hablaban y reían de camino a sus casas.
Al pasar al lado de un riachuelo un joven dijo: “ mirad en el arroyo”. Todos volvieron sus cabezas y vieron a un caballo blanco precioso.
Uno de los chicos corrió hacía el caballo y se le subió encima. Como parecía manso y no se asustaba se le unieron el resto de los muchachos mientras, desde la orilla y casi sin poder creerlo, las chicas veían como el caballo iba alargando su lomo a medida que los chicos se le subían encima.
Una vez que todos los muchachos estaban encima del caballo, éste levantó las patas traseras tirándolos al agua, después relinchó y se desvaneció en el aire delante de todos ellos.