Samhain. Desde la noche de los tiempos el misterio ha envuelto la vida del ser humano. Uno de esos misterios tiene como máxima representación la noche del 31 de octubre.
Los druidas la consideraban como una de las más mágicas del año y propicia para tener un acercamiento al mundo de los desencarnados. Noche en la que desaparece el delgado velo que separa lo sutil de lo material permitiendo establecer contacto con el mundo espiritual.
Los Celtas se referían a esta fecha como Samhain o Samain (final del verano) y creían que los espíritus de sus antepasados se comunicaban con los Druidas a través de ritos de “Mediumnidad” para aconsejarlos, guiarlos y transmitirles sabiduría.
Era habitual dejar una vela encendida cerca de las ventanas para indicar el camino a las ánimas, así como dejar sitio en la mesa o alrededor del hogar para que los espíritus tuvieran el suyo.
Esta celebración dio lugar a lo que ahora es conocido como Halloween.
Esta noche también es muy propicia para la manifestación de “La Santa Compaña” o procesión de las ánimas, que toma su raíz en la Edad Media.
Se decía que los “espíritus de la muerte” salían en procesión por los caminos y cuentan que la gente que los veía se tenía que esconder de ellos o protegerse realizando un círculo en la tierra con una vara de avellano y permanecer dentro de él mientras que estos pasaban a su lado.
Personalmente puedo atestiguar que no es una leyenda ya que yo he conocido personas que las han visto en más de una ocasión.
Y es la noche por excelencia, como no podía ser menos, de la Diosa Hécate “Diosa de las Brujas” que gozaba de gran autoridad en el Hades porque era capaz de liberar a los espíritus atormentados por vidas pasadas. Hay quien dice que la estatua de la libertad de Nueva York es la representación de esta Diosa.